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Feminismo rudimentario

La “mala víctima” no es sólo la fanática de los boliches, la que usa la pollera muy corta o le gusta bastante que se la pongan. La mala víctima también puede ser una mujer que entra al living de Susana Giménez, vida a cielo abierto, y cuenta casi sin modular gestos, una historia de violencias. Marina Mariasch escribe sobre la visita de Mariana Nannis al programa de televisión de Susana.

Por Marina Mariasch

En su media lengua, cortada de sal del Mediterráneo, de retazos del italiano cosechado en Verona, en la Roma, semi blanda de químicos que tersan la piel y de su origen barrial, Mariana Nannis trata de construirse el relato de víctima perfecta. Madre ejemplar, esposa abnegada, fiel a su lado. Podría ser una princesa de Disney, igual a Cenicienta, rubia de ojos claros, vestido campana que arrastra el suelo, a punto de bailarse un vals. Impecable, como si nunca en la vida la hubiera picado un mosquito, escupe el fuego rojo de la violencia que padeció los 30 años que lleva casada con Claudio Paul Caniggia.

El escándalo es mediático pero no parece recibir el abrazo feminista. Esta vez, de nuevo, la denunciante se sale de la retórica de la denuncia correcta. Mariana Nannis es millonaria, se toma un avión para resolver un tema, para en el Alvear. Le dice prostituta a la que se ve con el marido, a todas las que se cruzan en su camino, las que lo drogan para tenerlo bobo y dominado, se aprovechan. Nannis bambolea responsabilidades, la violencia es de él, pero la culpa es del entorno. También están las drogas, aunque sabe que no la justifican. El relato de Nannis pierde contorno, va por el lado indefectible de las violencias palpables e innegables, las visibles como en la foto del ojo morado, las otras como basureos, ninguneos, retaceos de dinero, hasta un empujón que expulsa la sangre de un incipiente embarazo. En toda la conversación entre Susana y Nannis, “rescatar” es la palabra que más suena.

Entre manotazos a la época que le tira términos como “Empoderamiento” o la taxativa “tenés que denunciar”, Susana barrunta ante lo que cuenta Nannis. “¿Me estás escuchando?”, increpa Mariana. ¿Se verá Susana en el reflejo que proyecta lo que Mariana cuenta? ¿Las noches sin dormir fumando series mientras la cabeza maquina loca las gira nocturna de él, las veces que le dijo no venís, molestás? La respuesta es sí. No hay una sola de nosotraes que no sepa lo que es transitar una situación de violencia. Susana, con el trasfondo de la serie de Monzón, lo sabe.

Repasemos: ¿Qué es la violencia de género? Según la ley 26.485 de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones interpersonales, son tantas las formas en que la violencia machista se cuela e irrumpe en nuestras vidas, sus modalidades y ámbitos que con una vida libre de violencias parece que seríamos casi felices. Pero eso todavía no existe.


No ha una única retórica de la denuncia, una única manera de ser víctimas de violencia, y tampoco hay una sola manera de darle curso a esa experiencia, a ese relato, de procesarlo, de buscar justicia o reparación. Susana hace lo que puede. Quiere ser discreta pero medir alto en el rating, algo que lleva al oxímoron. Quiere saberlo todo pero no puede escuchar más. Dice que no sabe cómo seguir el programa después de esto mientras el zócalo titila “Llamá al *345 para ganarte un millón ya!*. Susana lee el patrimonio de inmuebles de lxs Caniggia. Hablan de millones. Subtexto: no hay plata que alcance para escaparnos de esto. Lxs ricxs no tendrán paraíso pero tampoco están libres de infierno en la tierra.

De los modos que contempla la Ley argentina, el relato de Nannis pasa por varios: física, psicológica, económica y patrimonial. Nannis se construye como esposa perfecta del manual de los años 50: la que aguanta todo y no se queja, la que lo espera con la cena lista aunque le de “asco el olor de la comida, lo hago por él” y le ofrece ir a un restorán si no le gustan las milanesas fritas (“¡Hacéselas al horno!”, le grita Su). La que nunca trabajó porque acompañó al marido toda la vida. No: se rectifica: Sí, trabajó. De cuidarlo. “¿Qué estará comiendo ahora?”

Como retazos, aparecen parches que una teoría feminista podría recuperar: la noción de las tareas de cuidado como un trabajo, la certeza de que lo vivido es violencia. Pero las consignas del feminismo suenan como metáforas muertas bajo el techo estrellado de los focos del estudio. “¡Ahora estamos más empoderadas!”, tira Susana. “¿Te parece, Susana?”, cuestiona Nannis con la lucidez brumosa que dan los momentos de rabia.

La casada que conservó el nombre (nunca propio, es del padre), Nannis despliega el catálogo completo de una relación violenta. La ve y no la ve, sabe que no va, pero todavía cree que puede salvarlo. Está en ese momento bisagra de la toma de conciencia sin la difícil resignación de dejar totalmente una historia que también, en algún lado, es de amor. La que la ve somos todxs, porque el video de su presencia en el programa fue virus y llegó a la casa de los hogares menos expertos, ahí donde no hay un libro de Segato.

Mala o buena, precisamente imperfecta, Mariana Nannis es una persona que denuncia una larga trayectoria de padecimientos y violencias. “No lo veo que lo puedas rescatar ahora, Marian”, le dice Susana. “Lo veo muy libre”. Ahí va de nuevo, está bien y está mal, Susana: libre no es un impedimento, libres es como nos queremos. Y, sí, el camino del rescate no es por ahí, es por otro lado: rescatate vos, hermana.

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