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Femicidio a la orden

Celeste Castillo (25), baleada por su pareja.
Valeria Juárez (32), asesinada de un escopetazo por su padre.
Daiana Moyano (24), asfixiada.
Joselin Mamani (10), apuñalada 32 veces.
Gisel Varela (33), baleada por su ex pareja.
Liliana Loyola (64), prendida fuego por su hijo.
Susana Yas (77), asesinada a golpes.
Agustina Imvinkelried (17), asesinada.
Danisa Canale (38), asesinada a martillazos por su marido.

¿Qué tienen en común estos casos? Todas son mujeres. Todas fueron asesinadas por ser
mujeres. Todas murieron en enero de 2019. Nueve casos en dieciséis días. Nueve casos, que sepamos, que trascendieron en los medios.

Hoy amanecimos sabiendo que a Danisa Canale, de 38 años, la asesinó a martillazos su marido. Llego a la guardia viva, tuvo un traslado de hospital y fue estabilizada, pero el daño que le había causado ya era irreparable. Terminó muerta. No “apareció muerta”, como titularán los medios. Fue asesinada en manos de un femicida.

¿Hay un brote de femicidas, es lo mismo de siempre, o los medios lo muestran más?

Esa es la primera pregunta que cabe hacerse.La realidad es que siempre nos matan. Nos matan por mujeres, por “sexo débil”, por atrevernos a ser distintas, por atrevernos a discernir, por atrevernos a hablar de más, lo que se dice de más para lo que nos espera de nosotras, nos matan por ser mujeres, nos matan por haber nacido mujeres, nos matan por ser.

Fémina en una de sus canciones, dispara “me duelen los senos de ser mujer. Porque yo soy mujer, porque yo quiero ser”. Nosotras también queremos ser. ¿Queremos ser mujeres? Nunca nos preguntamos. Nacimos en el bando perdedor: las buenas, las sumisas, las débiles, las acatadoras de órdenes, las prolijas, las depiladas, las nunca putas, las obedientes, las violadas, las golpeadas, las asesinadas. Nos duelen los senos por ser mujeres y nos duele la vida por serlo también. Porque perdemos hermanas. Perdemos amigas. Perdemos desconocidas que podrían ser compañeras en ésta nuestra lucha.

No hay un brote de femicidas: hay una realidad que nos persigue. Y hay una realidad palpable: los medios empiezan a hablar más de estas cosas porque el feminismo viene marcando una agenda. No sólo en los medios, también en las series, en los productos cinematográficos, en la publicidad, en la televisión.

Ya no vamos a preguntar más qué hizo una nena de 10 para que la maten. O qué hizo una
señora grande de 70 y pico. Ya no queremos hacer esas preguntas porque ninguna de nosotras hizo nada para ser asesinada.

Hace unos días escribí, sobre agustina. “¿Qué hace una piba en un boliche? Se divierte. ¿Qué hacen los padres? La esperan. ¿Por qué está muerta? Porque la matan. ¿De quién es la culpa? Del femicida.” Un hombre me preguntó cuál era el punto de esa reflexión. La culpa no es nuestra. El hombre, que me preguntó, con buena o mala leche el origen de mi reflexión, tal vez no sabe que nos vemos, a diario, acosadas a comentarios acerca de la culpabilidad de las víctimas que cargamos, conozcamos o no. Nos duele cada uno de esos nombres, cada una de esas edades, cada una de esas muertes.
Nadie nos preguntó si queríamos ser mujeres, si queríamos este bando perdedor, pero lo
somos. Estamos intentando cambiar el mundo: eso provoca la ira del bando ganador. Ningún bando de la historia relegó su poder porque sí.

Pero ¿qué poder tienen los hombres?
Estamos siendo oprimidas por personas que a su vez son oprimidas, vaya paradoja. El sistema es cruel con los hombres, laboralmente hablando, los explota y los deja en la lona. El hombre se descarga con la mujer y chau. Así fue históricamente.
Pero ahora las mujeres también trabajamos. ¿Qué culpa tenemos de este sistema desigual?
Ninguna. ¿Qué culpa tenemos de que el hombre sea explotado? Ninguna. ¡Nosotras también somos explotadas! Pero ¿cómo explicarlo a quien por fin puede ejercer poder sobre alguien cuando toda la vida tuvo que sentirlo ejercido sobre sí mismo?

Somos víctimas de un sistema que nos prepara como corderos para el matadero. Nos exprime, nos explota, nos oprime y nos quiere muertas. Nos quiere asesinadas por nuestros propios compañeros, o aquellos que debieran serlo, porque así debe ser. ¿Quién dice que así debe ser? Una fuerza mayor, tal vez el patriarcado, aquel enemigo que combatimos y que pone a los hombres en un lugar superior. No hay lugares superiores, pero aún así nos siguen matando. Nos matan por desacatadas, por putas, por distintas, por lesbianas, por travestis, por trans, por pensar, por discernir, por no acatar, por discutir, por no dejarnos exprimir más de lo que nos dejamos exprimir por el sistema, ni un poquito más.
Somos víctimas del superpoder que le hicieron creer que tienen a los hombres que en realidad no tienen nada.
Somos víctimas de mierda, porque no nos quedamos calladas ante el dolor.
Hace un tiempo, ya, venimos leyendo la frase “si un día no vuelvo, prendé fuego todo”. Nueve compañeras no volvieron ya. ¿Cuándo vamos a empezar?

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