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Medioevo al cuadrado

En estos días la televisión argentina tomo las riendas para dar un debate que está instalado en los jóvenes y jóvenas hace rato pero el medioevo no descansa y decidieron tratarlo de la peor manera: ¿poliamor o monogamia?

Todo estallo en la TV cuando Florencia Peña puso en evidencia su relación poliamorosa. A partir de que reveló a la gran audiencia que vivía de esta manera se desataron una serie de comentarios en los que no sólo se juzgaba moralmente su forma de vincularse sexo-afectivamente, sino que se puso sobre el banquillo de los opinólogos al poliamor como estilo de vida, y varias personas afirmaron que éste era “una locura”. ¿Podría haberse tratado el tema de otra manera? Si lo pensamos bien, no hay marcos de aparición “amables” para el poliamor.

El problema central, mis queridas sororas, es que muchos varones aprovechan este surgimiento del poliamor con el solo objetivo de seguir perpetuando sus privilegios de macho conquistador y van dejando cádaveres emocionales a nuestro paso y convirtiéndose así en un policonsumo de cuerpos. Hay que estar atentas y llevarlo adelante con responsabilidad afectiva solo así se concibe una verdadera libertad.

La monogamia es un concepto normativo sobre el cual se edificó nuestra educación sentimental y que, como toda norma, se nos impuso, tal como la heterosexualidad obligatoria.  Acá funcionan  operaciones normativas y hay que deconstruirlas como un desafío político para muchos activistas del poliamor y también para las activistas prosexo.

Para muchas personas vivir en poliamor es una manera de “blanquear los cuernos”. Es decir, aceptar que ambas personas quieren relacionarse con otras personas y que eso se puede hacer sin mentiras. Para otras, el relacionarse sexo afectivamente con varias personas es una forma de vida que, a la vez, viene acompañada de responsabilidad afectiva.

La filósofa Marina Garcés indica: “Comprometerse es, en el fondo, dejarse comprometer, dejarse poner en un compromiso. Eso quiere decir romper barreras de inmunidad, renunciar a la libertad clientelista de entrar y salir con indiferencia del mundo como si fuese un supermercado o una página web. Quiere decir dejarse afectar, dejarse tocar, dejarse interpelar, saberse requerido, verse concernido; entrar en espacios de vida en los que no podemos aspirar a controlarlo todo, implicarnos en situaciones que nos exceden y que nos exigen inventar nuevas respuestas que tal vez no tendremos y que seguro que no nos dejarán igual. Todo compromiso es una transformación forzosa y de resultados no garantizados”.

No tengo muchas repuestas, sino más bien preguntas que creo deberíamos empezar a hacernos, en una época en la que se incrementaron los mecanismos de vigilancia sexual, en donde el punitivismo caló el corazón de toda buena conciencia y en donde las formas de vidas alternativas a la norma están siempre siendo vigiladas y estigmatizadas.

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