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Pateando furias ⚽💜

Por Camila Gramajo

“¡No se puede!
—Pero ¿por qué?
El padre caminaba alrededor de la habitación, movía la cabeza como si tuviera algún tornillo a
punto de aflojarse y miraba a la niña.
—Porque eres una niña.
—¿Y eso qué tiene que ver?
¿Qué tenía que ver? Mayte era una niña, eso era cierto, una niña de nueve años, algo bajita y flaca,
pero tenía piernas fuertes.
Eso le decían siempre sus amigos, el payaso de Javier que se pasaba todo el día haciendo chistes
malísimos o Salvador que siempre parecía tener una patineta pegada a los pies: tienes piernas
fuertes, puedes jugar, estamos seguros.
Pero para los padres de Mayte el asunto era diferente: ella era una niña, las niñas juegan con
muñecas, hacen comiditas, se portan bien, dicen buenos días, buenas tardes y todas esas cosas.
¿Cómo iba a ocurrírsele a Mayte que quería ser jugadora de fútbol?” (“Pateando lunas”-Roy Berocay)

 

Cuando tenía nueve años, mi viejo me regalo este libro. También quería jugar al fútbol, pero en Mercedes, una pequeña ciudad del interior de Uruguay donde nací y me crié, al único deporte de competición y en equipos al que podíamos acceder las niñas era el Basket.

Cuando tenía 12 años, intentamos con un grupo de tres o cuatro chicas armar un equipo de fútbol del que pudiéramos ser parte, aunque sea entrenar algunos días. Aquello tan fácil para los varones, estaba prohibido para nosotras. Ni siquiera nos permitían jugar en las clases de gimnasia del Liceo. Allí solo nos enseñaban vóley y handball. Odiaba esos deportes.

Entonces, solo restaba intentar colarme en los partidos que se armaban en la escuela o en la calle, aunque generalmente era expulsada antes de empezar: roja directa por ser niña, como a Mayte. A veces me dejaban ser directora técnica. Era así que corría alrededor de la cancha dando indicaciones “Tira el centro”, “Pasala acá”, “¡Penal!”. Generalmente se armaban partidos contra otras escuelas, era allí donde jugaba tan importante y frustrante papel.

En cada disputa era infaltable que el quipo contrario preguntara qué hacía yo allí. “Marimacho” es la palabra para las pibas como yo. Las que nos apasionábamos en las canchas, y no teníamos problemas en hacer frente al grupito de niños. Según los participantes, quienes tenían grandes reuniones para debatir mi presencia, mi lugar era con las demás niñas, mirando desde “la tribuna” y alentando al equipo, como buena niña. Sin embargo me aburría esa parte del espectáculo, aprender canciones tontas o hacer coreografías. Yo quería patear la pelota, un pase largo y gol. Al ángulo, donde tejen las arañas.

No se podía. ¿Qué era lo que impedía que yo pudiera estar allí, corriendo con el viento en la cara, que tuviera mis botines, una camiseta con mi nombre, los días de práctica? Mi vagina, nada más. Las etiquetas que nos vienen predestinadas, que se generan muchos antes de ese momento en que nos atribuyen distintos significantes dependiendo cual sea nuestro sexo decretado al nacer. Entonces ya está todo armado, incluso desde antes. Desde que la ecografía dictamina cuál será nuestro destino. Allí se elige color de cuarto, la ropita y los juguetes. No vaya a ser cosa que se equivoquen y compren ropa de otro color que no sea el que corresponde.

Entonces nacemos, y nos orientan. Es por acá y solo por acá. Mi vieja insistía con los vestidos de flores impolutos, y a mí me gustaban los joggings y las remeras manchadas. Ella insistía en que fuera una niña bien: sentate bien, come bien, no te comas las uñas, no grites, péinate, ordena el cuarto, aprende de Natalia que es una señorita, y todos los ítems que nos dan para ser como deberíamos ser según la heteronorma.

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Photo by Phalinda Long on Unsplash

Para su mala suerte, me crié entre las canchas con mi viejo. El fútbol los fines de semana, ir al club Olímpico y tomar mi coca mientras el compartía una cerveza con los viejos hinchas que tenían comprada la zona. Los campeonatos del litoral, donde nos íbamos con mi papá y mi hermano siguiendo a la selección de Mercedes por los distintos pueblos y ciudades, y Olga: “La única feminista del pueblo diría mi viejo”. Ella aplaudía las rebeldías, mientras debatía con todxs sus compañerxs de militancia, que también eran lxs de mi viejo, nuestro lugar: el de las mujeres, el de las lesbianas, de las travestis y las trans.

Pero no había caso. Mercedes estigmatizaba, escupía y mediante insultos te ubicaba donde correspondía. No había términos medios, patologizaba a quienes desafiaran la norma. No podías estar “en el medio”. ¿El medio de qué? A mí sólo me costó jugar al fútbol, a Carola le costó la vida.

“Pueblo de putos y bufarrones”, así bromeaban los machotes, quienes inevitablemente se colocaban en uno de esos dos lugares. Penetrar a alguien no estaba mal, solo tenías que mantener el culo intacto. Ahí sí, si te cogían ya eras un enfermo. Y Carola era una enferma. La conocí como Nicolás, en la escuela era la que siempre tenía las hojitas de cambiar mas lindas (creo que en Argentina se conocen como hojas de carta), porque aunque me gustara el fútbol, no me peinara y me comiera las uñas, coleccionaba hojitas como la demás niñas, también miraba Chiquititas y Robotech, así como Super Campeones. Carola era unos años más grande, yo compartía año con su hermano Jesús. Sin embargo ella siempre estaba con nosotras, sus compañerxs de clase la insultaban y hacía a un lado “mariquita” era la palabra para ella. Carola pasaba con su pelo largo por delante, les miraba, y con su mano moviendo su cabello a un lado, les daba vuelta la cara.

Se convirtió en una piba hermosa. Pero con el tiempo dejamos de hablar, con Jesús seguíamos en contacto, pero ella nunca empezó el Liceo. La calle fue su destino. Siempre que pasaba por casa paraba a saludar, pero la veía poco en el día. Sabía que se estaba prostituyendo, sin embargo algo de eso no se hablaba.

Las travestis se ubicaban sobre la Avenida Lavalleja, aún hoy las veo allí. Sé que ese era el lugar de Carola. También se que tenía otros sueños, ser modelo, por ejemplo. Entonces desfilaba por calle Braceras con su pelo largo rubio, rojo o negro, y sus tetas nuevas recién hechas. Escandalizando a todo el barrio que no sabía para donde mirar cuando nos maravillaba con su explendor. El HIV la llevo al suicidio a los 18 años. La encontraron colgada en su casa, y nunca más nadie habló de ella. Hace unos años, cuando vimos con mi hermano a lxs egresadxs del Mocha Celis, él me señaló, “Tal vez Carola no se hubiera matado si le hubieran dado esta oportunidad”. Tal vez.

Aún hoy, en mi pueblo buscan recetas milagrosas para curar la homosexualidad y el travestismo. He visto mucha marica arrepentida, casada y evangelizada. Tristemente normalizada. Como si algo fuera normal, preestablecido. En esa construcción que nos marca las conductas a muchxs se les va la vida. Tal vez la mayor rebeldía radique en romper la estructura en la que enmarcan nuestros cuerpos: punto de fuga del poder que norma. Aunque ello se marginalice, se estigmatice, se torture y se mate. La resistencia sigue allí, y como todo acto de rebeldía, se para frente a quien lo expulsa y dice “aquí estoy”, existo, y no solo para incomodarte, sino para ser.

 

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