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Mamá, papá: quiero jugar al fútbol

Por Paulina Bonino

Estoy en la panza y mis papás quieren que esta vez llegue el varón. La ecografía anula el deseo y trae la duda: qué pasaría si se pudiera elegir el género, piensan mientras ignoran que es precisamente eso lo que están haciendo. Nazco por cesárea porque a mi mamá no le divierte la idea de pujar. No la juzgo. Peso 3 kg y medio. Los años pasan y me vuelvo testigo de una época que muestra el auge de las Barbies, las valijas Juliana y las princesas de Disney. Llegan, metidos a la fuerza, decorando paredes y adornando el placard, Los Años Rosados.

Una tríada infalible se hace presente en la primera infancia: colegio, deporte e inglés. Mi hermana hereda de papá los ojos verdes. Yo heredo la horrible pronunciación del inglés y algunos años después decido dejarlo: chau-goodbye- al sueño ajeno de saber dos idiomas. En el tiempo que me queda libre quiero jugar al fútbol. La negativa de llevarme a algún club es constante bajo la excusa de que juego al hockey, que ambas cosas no se pueden. En revancha, mi mochila de Nike guarda la pelota azul y oro que me regaló Papa Noel cuando todavía no tenía motivos para no hacerlo.

En un restaurante mi mamá se para arriba de una silla para festejar el gol de Boca a River. La euforia es rápidamente transformada en vergüenza. Boca gana. Yo llevo todos los sábados la pelota al club, para jugar al fútbol después del partido. Si hubiese sido varón me habría llamado Román. En el club jugamos contra los varones en la canchita del fondo, pero siempre es necesario insistir y que una de nosotras se ponga firme en su metro cuarenta, de un paso adelante y diga la clave: “a qué no se animan”. El fútbol femenino es incipiente y mis papás siguen sin querer llevarme a un equipo.

Tomo la comunión a los 12 años. No puedo aprenderme las canciones de iglesia porque la misa es los sábados a la tarde y yo estoy todos lo sábados, religiosamente, en el club. Festejo la venida de cristo en un pelotero con canchita de fútbol en el fondo. Los invitados me dan plata a cambio de una tarjeta que lleva en letras doradas mi nombre, el nombre de la iglesia y algún dato más. El negocio me favorece. Me compro la playstation 2.

Una navidad aparece bajo el arbolito una plancha de pelo comprada con la ilusión materna de combatir la pubertad. La plancha descansa en un rincón de mi habitación rosa con guarda de Campanita. En otro rincón, una guitarra es recuerdo de cuando Papa Noel todavía era copado. Las barbies están en cajas debajo de la cama. Con el tiempo, al igual que mi papá, casi todas se quedaron peladas.

La pieza ahora es verde. Termino el colegio. Dejo hockey. Empiezo fútbol.

Crecer es también darles partido a las posibilidades negadas.

Mis papás me acompañan un día que juego contra Huracán, y entienden que a fin de cuentas se trataba de eso: acompañar. Sentada en la tribuna, mi mamá recibe casi sin darse cuenta un pelotazo en la cara. El labio se le hincha, sangra un poco, el juego se detiene.

Habrá quien adjudique el hecho al karma. Quien crea en la mala suerte. Quien simplifique el asunto en la mala puntería. Yo por mi parte pienso que quizás, si hubiese entrenado desde chica, el tiro no salía tan desviado.

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